Al entrar al templo, sus ojos se inundaron de esa luz que atravesaba los vitrales. Se reflejaba cálidamente en sus rostros, y en uno que otro par de ojos nublados. Permaneció así durante al menos quince minutos. No entendía muy bien las palabras del padre, en realidad, creo que nadie las entendía. De a poco, los rayos se fueron desvaneciendo, pero dimos cuenta de que la paz seguía ahí.
8.1.12
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